El Pitol que habita mi memoria

No. 71, ENSAYO:

Lourdes Peregrina

Un artículo sobre Pitol se me requiere y me confieso incapaz de escribir sobre sus logros y distinciones, sobre su vida de viajero incansable (a veces a bordo de barcos cuyo destino desconocía), sobre su servicio como agregado cultural en las embajadas mexicanas en Hungría, Francia, Polonia, Rusia y Yugoslavia (hasta que renunció en protesta por la matanza de Tlatelolco), sobre su amistad con los autores contemporáneos más importantes de España, México y todo Latinoamérica, sobre su sabiduría que dio a luz numerosas carreras literarias al demostrar que la mejor vía para ser escritor, era convertirse primero en traductor.

Únicamente soy capaz de hablar del Pitol que conocí, aunque yo no me volviera nadie célebre como Villoro, y aunque, después de haber sido su alumna, él me prodigara apenas un saludo cortés en los pasillos de las ferias del libro. No necesitaba yo más para devolver el saludo eufórica y guardar para siempre ese momento en mi corazón.

Mi maestro Pitol llegaba a la clase con la puntualidad y la elegancia de un lord inglés. Todos lo esperábamos con ansia. «Literatura rusa del XIX» (en ese tiempo nada que tuviera que ver con mi indolente persona de 20 años), pero qué importaba: ¡era Pitol! La máxima figura literaria de Veracruz, y una de las principales de las letras mexicanas de todos los tiempos.

Durante su curso, el grupo de literatura y el de lingüística se reunían. Dejábamos de lado nuestra proverbial rivalidad para ser un solo público atento, hermanado por la certeza de gozar de un finísimo privilegio. Me recuerda Cynthia Alarcón, escritora y amiga, que el maestro solía llevar tarjetas como si fuera a dictar una conferencia magistral. También que hablaba de algunos autores -como Pushkin- con especial melancolía. «Guardaba largos silencios… y yo anotaba hasta cuando respiraba».

Laura Puc, entrañable colega, guarda el recuerdo del día en que Pitol le dijo: «Leí tu ensayo sobre ‘Primer amor’. Está muy bien. Felicidades. Deberías escribir más…». Sobre ese día, ella escribió: «A cambio de mi nula ambición, recibí en la clase de Pitol el boleto sin regreso a una literatura incomparable (los rusos tienen una manera de decir las cosas que vuelan la cabeza), la sensación de estar viviendo una experiencia irrepetible para futuras generaciones y sobre todo, algo que yo llamaría un empujón, de esos leves que se dan juntando el índice con el pulgar, un empujón para seguir hacia donde yo quisiera»1.

Cuando el maestro Alberto Espejo -bastante conocido por brindar sus opiniones exentas de sutileza-, nos soltó a bocajarro: «Hay que hacerle pronto un homenaje a Pitol porque… ¡la gente se muere, eh!» Nosotros nos estremecimos, no queríamos pensar en que a Pitol pudiera pasarle nada malo. Lo apreciábamos, lo admirábamos, pero además nos despertaba mucha ternura, porque veíamos con cuánto amor nos compartía lo que él había aprendido a lo largo de tantos viajes, de horas de estudio, de traducción, de escritura.

Recuerdo que nos platicaba de cómo uno llega a darse cuenta del privilegio (algo que a él no le era ajeno). Por supuesto, hablaba de los grandes aristócratas rusos, y lo hacía para que entendiéramos las motivaciones de Oneguin, por ejemplo: un personaje que tenía toda la fortuna del mundo para dilapidar y seguir siendo rico por generaciones. Por eso era más que notable que los autores rusos, muchos de ellos, perteneciendo a la nobleza, y bajo la amenaza permanente de ser encarcelados o torturados, denunciaran con sus obras, los abusos e indignidades, la abierta violencia, que sufrían los siervos.

Nos decía el maestro y también puede leerse en su libro de ensayos La casa de la tribu, que era común que los amos apostaran a las cartas a los siervos. De ahí que después del triunfo de la revolución rusa, existiera ese sentimiento que predominó entre los ahora esclavos libertos, de «no ser humanos», de no saber cómo existir, cómo asumir esa nueva vida y esa libertad, cuando por generaciones se les había prohibido tener posesiones o siquiera conservar a sus familias. Ese drama lo presentaban los autores rusos y Pitol nos lo presentó a nosotros.

Recuerdo especialmente una recomendación para leer el texto «En el barranco», de Chéjov. Nos la hizo a través de una académica amiga suya. Era un texto que avanzaba como lo haría un enorme mamífero en aguas profundas: lenta y pesadamente. Se describía la ciudad, los oficios de sus habitantes, sus rutinas, sus vicios, sus aspiraciones ridículas. No entendía hacia dónde debería dirigir mi atención y eso me desesperaba, pero poco a poco fui cayendo en la cuenta, de que me había metido en una trampa terrible de la que ya no podría salir. Sentí la tragedia como una enorme ola, elevarse frente a mis ojos y desplomarse sin piedad. Aquel episodio cumbre, en el que Aksinia, furiosa porque le han quitado una parte de su herencia, arroja un perol de agua hirviente sobre su sobrino (un niño de brazos) me devastó.

La joven Lipa, madre del pequeño, debe cargar a su hijo herido al hospital y de vuelta, su cadáver. Al llegar a casa, el abuelo le reclama que no haya sabido cuidar bien a su nieto. No se le permite llorar, la despojan de su herencia y la expulsan de la casa de la familia.

Todo era terrible y sin embargo el final todavía no llegaba. Tras la devastación, el triunfo de la vida: años después, la joven vuelve de su jornada en el campo y encuentra a su suegro que apenas puede andar y no ha comido en días (expulsado de su propia casa por Aksinia, su nuera). Ella le hace una reverencia y comparte con él su humilde almuerzo antes de proseguir su camino.

Tal vez mi comentario no sea del todo fidedigno, (los invito a leer la novela breve y hacerme reproches por mi inexactitud), pero tengo muy presente el sentimiento de que mediante esa lectura había sido yo conducida, por mi maestro, a una cueva de las maravillas a la que tendría que regresar una y otra vez a lo largo de mi vida.

Nos habló de los peligros que los escritores corrían para escribir y publicar durante el reinado de terror que precedió a la revolución. Inclusive tenían que recitar las obras de memoria, para evitar ser aprehendidos con algún texto incriminatorio en sus manos. Algunos como Pushkin, que era aristócrata, fueron amonestados y puestos bajo vigilancia, pero otros con menos suerte, fueron a dar a Siberia como Dostoievski, a quien lo marcó de por vida la experiencia del cuasi-fusilamiento al que fue so- metido (como es conocido, el indulto le llegó hasta que se encontraba en el paredón; fue tal la impresión, que cayó víctima de un ataque de epilepsia).

Una vez nos preguntó: «¿Alguno de ustedes ha estado en Rusia?». Nosotros sonreímos tímidamente (la mayoría éramos hijos de padres trabajadores, de clase media) y hasta la fecha, es nuestra anécdota favorita en las esporádicas reuniones. Más que reírnos de la ingenuidad de la pregunta, nos enternecía que el maestro la formulara sin dejo de soberbia, con auténtica curiosidad y deseo de compartir experiencias. «Allá se usan unos abrigos de piel de ballena, para el frío». Y nosotros lo oíamos, como embrujados por su relato. Y entonces odíamos verlo a él, como empieza el ensayo de «La Casa de la Tribu», parado sobre la nieve, con su abrigo de ballena mirando la mansión de los Tólstoi y teniendo un momento de iluminación: «Esa casa, que sirvió de modelo a la que aparece en La muerte de Iván Ilich, me ha aclarado más sobre los novelistas rusos del siglo XIX que cualquier tratado histórico o literario».

Otra de las cosas que recuerdo es que al maestro le gustaba mucho reír. Nos daba una lectura y pedía voluntarios para leer en voz alta. Todos hubiéramos querido leer para nuestro querido maestro, pero también nos atacaba una especie de pudor, como cuando de pequeños debemos interpretar un número escolar frente a nuestros padres. Entonces, no abundaban las manos levantadas.

Todos esperábamos a que Marduk levantara la mano. Él, más que lector, era un actor. Dramatizaba los textos, leía con emoción, con el volumen y las entonaciones precisas, imitaba voces; alternativamente nos conmovía y nos hacía doblarnos de la risa. Todos disfrutábamos de su interpretación. Era un verdadero acontecimiento. (Si quieren escucharlo leer, dense una vuelta por la librería Los Argonautas, en Xalapa, verán que no les miento).

Posteriormente, guardando las debidas proporciones, he experimentado ese placer que consiste en proponer una lectura a un grupo y presenciar cómo crece su asombro y su alegría, mientras el texto se desenvuelve. Es un sentimiento mágico al que uno se vuelve adicto.

El maestro no tenía obligación ni necesidad de darnos clase, pero ahora entiendo que le hacía falta eso que sólo el trabajo con jóvenes nos puede dar. Uno se alimenta de esa mirada desbordante de asombro que grita: «¡no puede ser!, ¡no quiero que se acabe!, ¡quiero leer más!» Y uno como maestro, toca el cielo y responde: «¡sí, sí, leamos más!»

En ese entonces la afasia del maestro estaba todavía controlada, pero ya no podía leernos. Sus manos temblaban continuamente y también su voz. Sin embargo, la lucidez de su pensamiento era abrumadora. Qué afortunados de haber estado ahí para presenciarla.

Descarga Cultura UNAM ofrece el «Nocturno de Bujara» en voz de su autor. La primera vez que lo escuché, fue el día en que él murió. Lloré por la pérdida del maestro, pero me confortó el saber que ya no sufriría más a causa de la enfermedad, y que nosotros habíamos quedado herederos no sólo de sus palabras sabias y humanas, sino de su testimonio de amor por la vida, por la belleza y por sus misterios.


1.- En la siguiente dirección se puede leer el emotivo texto de Laura Puc: https://perennifolia.blogspot.com/2018/04/?m=1#8780666100733998085

 

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